Museo Virtual de los Telefonistas

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¡Bomba!

february, 1913

–Operadoras de la Ericsson en la Central Tacubaya

Sven Klin, Ing. de Líneas de la Empresa de Teléfonos Ericsson narra:
“El domingo 9 de febrero de 1913, por la mañana, se notaba un gran movimiento en las calles, tanto de parte de las tropas como de la población civil (…). A las 8 de la mañana se dispararon los primeros tiros en el centro de la ciudad y dos horas después estaban desiertas las calles. Los teléfonos sonaban.
El Ing. Ostlund informó por teléfono que las tropas apostadas en la ciudad se habían levantado, apoyadas por otras unidades militares.
(…)

Llegamos por fin al cabo de tres horas, a la oficina de la Compañía (Ericsson).
(…)
Una vez que llegamos al edificio de la Compañía… pudimos finalmente sentirnos seguros. No estábamos en la línea directa del fuego, pero no hubiéramos podido creer que estaríamos encerrados durante 10 días, sin tener agua para tomar y sin haber manera de conseguir alimentos frescos.
El Ing. Ostlund había sido previsor aunque más bien porque le gustaba tener algunos comestibles en casa con el fin de… agasajar a sus visitantes, oficiales o particulares, que casi siempre llegaban sin anunciarse. Estos víveres no pudieron tener mejor empleo. No se les podía negar refugio en los edificios de la Compañía a los empleados mexicanos, que llegaban con sus esposas, hijos, criados, perros, gatos, pericos y canarios. Dormían sobre cajones de empaque en el almacén pero lo principal era que tuvieran que comer. Nuestro pequeño almacén se agotó pronto, lo mismo que el agua para tomar y para el aseo. También las telefonistas necesitaban alimentos, pero solo un pequeño número de ellas resistió.
Por las noches las escoltábamos en grupos a sus casas y el trece de febrero tuvo que dejarnos la última, ya que no era posible seguir proporcionando servicio telefónico.
El notable día 13 de febrero hicieron blanco en el edificio –de la Ericsson- 13 disparos de granada y metralla, especialmente en la central… Un disparo alcanzó un conmutador y lo desplazó algunos centímetros de su lugar. A los revolucionarios se les había metido entre ceja y ceja que proporcionáramos servicio telefónico al gobierno legalmente constituido. No había corriente eléctrica y las baterías agotadas, no podían volver a cargarse. Tuvimos que suspender el servicio.
El pequeño cañón (38 mm) colocado en el cruce de las calles (Victoria y Dolores)…, solo logró dar en la torre de la 6ª Demarcación de Policía, blanco que por su dimensión era mucho mayor que nuestro pequeño espejo reflector y después de que se le disparó por todas partes, de un partido y de otro, la torre se derrumbó.
(…)
La noche del 15 de febrero, se oyeron golpes en el zaguán grande. Los golpes se repitieron y pusimos atención hasta que se oyó la voz del portero de la Compañía:
- ¿Quién vive?
- ¡Gente pacífica! – fue la contestación.
- Si no dicen quienes son, no abro.
La contestación fue una serie de tiros. Hubo un momento de silencio y luego oímos gemidos que partían del cubo del zaguán…, a un aprendiz joven de la Compañía telefónica de Guanajuato… le había alcanzado una de las balas.
Una vez que le pusieron vendajes de toda clase al herido…, se le colocó en mi oficina. La bala le había perforado la arteria de la pierna derecha, cerca de la ingle, y el hombre falleció después de unas cuatro horas.
Dos días después se logró sacar un permiso para retirar el cadáver. Es un misterio para mí como se consiguió éste permiso, ya que durante las noches y aún frente a las oficinas de la Compañía, rociaban con petróleo y quemaban otros cuerpos cuyos dueños ante nuestros propios ojos habían servido de blanco para sus disparos.
La tragedia terminó, por fin, pero el precio fue la vida del Presidente y del Vicepresidente; éstos hombres fueron sencillamente asesinados.”